martes, 30 de diciembre de 2014

Constricto

En la mitad de la noche tengo el corazón constreñido. Mi naturaleza es el fuego y del fuego se forma mi altivo espíritu. Como el volcán que eructa llamaradas cuando un sismo se mete con sus bases, es mi mente y mi boca el caldero de lucifer cuando la intromisión de cualquiera se aventura a menospreciar mi propia existencia.

¿Es correcto?, de repente pienso que no, pero en el momento de la agitación pienso que sí. ¿Cómo tener un corazón laxo y comprensivo cuando la garantía es que nadie tendrá uno igual para ti?. Si tu labor es ser maestro, el ejemplo debe ser tu arma. No la palabra tosca, ni la mano batida a la velocidad del rayo, con estruendoso descargar sobre la humanidad de otro... ¿Cómo lograr tal nivel espiritual?. ¿Cómo ser sin ser, sin ser hipócrita, cómo no sucumbir como el león ante los zarpazos de quien se convierte en tu enemigo temporal?.

Corazón contraído, de triste imaginación me visto. Dejar de ser no es opción. Ser mejor es el camino. No responder. Enseñar.

sábado, 19 de julio de 2014

Cuarto Menguante


Preferiría no encender la luz. Esta noche estoy en penumbras y vestido con los hilos helados del aliento fantasmal de los ensueños. Estoy envuelto en un plástico asfixiante. Soy un maniquí parado en la estantería, esperando por el momento en que pueda ver la luz. Tu luz.

Mientras la temperatura de mi cuerpo sigue descendiendo, con una mirada acuosa y diluida, acaricio el terciopelo de la almohada, buscando con ceguera alguna sensación parecida a la de tu piel en mi mundo moribundo. Me deshago como barco de papel en las densas aguas de un océano de libido. Muero con lentitud frenética, con desquicio vomitivo. Me ahogo en mis propios besos a bocanadas, me acuchillan mis propios dedos en los costados, me arranco los cabellos putrefactos de la piel. El proceso casi está completo, y el cadáver de mi pasión se va convirtiendo en la momia testigo del cenit de mi feliz lujuria.

Ahora, me encuentro girando una vez más en esta nave sin control. La luna proyecta una frívola luz sobre el espacio, mientras mi corazón sigue aquí, en este cuarto, menguante.


viernes, 11 de julio de 2014

¿Dónde estará mi Jueves?

Buscando Dinero en los Bancos Vación - Imagen de aitormen

Eran como las 11:30 de la mañana. Yo recién llegaba al trabajo después de un buen paseo en bicicleta para inyectarle algo de actividad a este jueves medio gris y medio pesado que había comenzado a las 9:00am, cuando abrí los ojos, después de haberme revolcado con cierta pesadez en la cama. Hoy había que aprovechar para hacer muchas cosas, pues - mañana será un día pesado -


Me había levantado con lentitud y organizado el viaje. Con la serpenteante contidianidad me había deslizado por la casa para buscar el desayuno, la toalla y las ganas de salir a continuar. Y a las 11 arranqué, pedaleando cuesta abajo desde las laderas sombrías de una Medellín encrucijada y tejida con música guasca y reggaetón.



El viaje veloz en la bicicleta con la precaución de unos frenos en no muy buen estado, supieron nutrir de un poco más de adrenalina la bajada. Llegar a la oficina, jadeando, sentarme en el computador y encender el ventilador. Hora de comenzar una jornada que en la vida cotidiana de cualquier ser no es más que un relato aburrido de un Jueves de trabajo como cualquier otro.



No se como, ni porqué, pero, cuando pregunté por algún acontecimiento que debía suceder al día siguiente - Viernes -  me llevé la sorpresa más desagradable del día. "Hoy es Viernes" dijo mi compañera mirándome con incredulidad. - ¿Qué hoy es viernes? - Dije yo, más incrédulo aún, pero notablemente sorprendido... ¡ERA VIERNES!. Lo fue desde que desperté, mientras bajaba en la bicicleta, mientras me sacudía las moscas de la pereza, mientras doblaba la esquina. Era viernes. Siempre lo había sido, y yo en la ignorancia plácida de los que no saben donde andan parados, viví todo con la paciencia de un Jueves morrongo.



¿Qué demonios había pasado?, si el día anterior me había acostado con la certeza de que al siguiente sería un jueves aburrido y tedioso, un jueves que antecedía al viernes lleno de responsabilidades que tenía que cumplir.


No se en qué momento de la noche pude haber dejado perder ese Jueves. Quizá cuando me quité la ropa del día lo dejé olvidado en los bolsillos de la camisa, o lo perdí antes, en el Centro, sacando algún billete para pagar cualquier cosa, había salido mi jueves enredado en las monedas y se había caído sin darme cuenta.


No pude salir del asombro y con vergüenza recordé que si hoy era viernes, había dejado de hacer muchas cosas que ya tenía planificadas. Había faltado a una importante reunión que me costó buen trabajo solicitar, había dejado de hacer el estirón matinal de los viernes, me había levantado como si fuera Jueves y no es digno dejar pasar un viernes sin hacer el respectivo último estirón matinal, el más copioso de la semana.



Quizá el día anterior había dejado caer mi Jueves en la casa de mi novia, y el perro se lo había encontrado, y tal vez se lo llevó a su guarida para jugar con el. ¿Dónde lo pude haber dejado?. Estoy seguro de no haberlo vivido, de ni siquiera lo vi pasar.



Tal vez dormí derecho desde el miércoles y no pude despertar, dormí hasta que amaneció el viernes y mi jueves se quedó encerrado en las portezuelas del sueño, se convirtió en fantasma y huyó.



Hoy perdí mi jueves en algún lugar. No es un jueves especial, como dije, es tedioso, lento, cargado de insatisfacción. Pero es mío. Es mí jueves, y quisiera tenerlo de regreso. ¿Lo ha visto usted?.



Dicen que nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde. Ayer yo estaba tan seguro de tener a mi jueves esperando en el almanaque, en el amanecer, y hoy míreme usted. Aquí, reblujando los pantalones, los bolsillos de la maleta, la guarida del perro, debajo de la cama, como un loco, desesperado... Extraño mi pesado y absurdo jueves. Si lo llega a ver, por favor, no dude en avisarme.



Es fácil reconocerlo. No cualquiera deja un Jueves olvidado por ahí.


sábado, 21 de junio de 2014

Transformaciones

Con la rauda premura de los riachuelos que descienden de las montañas, se precipita, incontenible, la arena del reloj universal. Anuncia, intrépida, la intrincada relación que tiene nuestra masa y nuestro espacio con esa otra hilaza que entreteje esa sustancia viscosa a la que llamamos realidad. El tiempo, incomprensible, viaja en un canal sobre una góndola dirigida por la parca, al son de un piano melancólico que canta la canción del juicio final.

La vieja vida está en la rueca y teje la realidad, o más bien, una de tantas realidades que entrelaza para matar el aburrimiento en los confines de las nebulosas. Mientras lo hace, cada puntada, cada giro, cada revés, constituye la metamorfosis que sufren los mortales mientras la danza eterna transcurre.

El cabello me ha nacido otra vez. Mi cara nuevamente se puebla con timidez por esa pelusilla hilarante que se supone, es mi barba. No ha transcurrido mucho y sin embargo, han sido siglos para mí, desde que ni esas dos motas patéticas crecían en mi mentón. ¿Habré cambiado quizá?. En “todo” este tiempo, ¿habrá sufrido alguna transformación ese ente caminante al que los demás llaman Yo.

La pregunta, surge en medio de la tiniebla trunca de mi cuarto, una tarde de sábado en absorta soledad. Soledad tétrica y helada que me recorre las manos y que solo se ve cortada por las teclas y el tibio tacto de la máquina donde escribo. No hay más. La guitarra sobre la cama, el piso manchado por las lágrimas de la pasión desbordada, las manos tiesas de infructuoso afecto. ¿Habré cambiado?, ¿Habré cambiado quizá?.

Los seres evolucionan con el tiempo. Darwin lo dijo. Esa selección natural lenta y consistente, sabia y como buena sabia, paciente, ¿tendrá una versión diferencial más rauda y palpable para la cortísima existencia de un ser tan limitado y efímero?. Me lo pregunto, simulando mirar a un espejo, mirando la pelusa en mi cara, el cabello tostado, los brazos quemados y las manos vacías. ¿Habré cambiado quizá?.

Soy ahora algo. Alguien. ¿Diferente?. Pienso en ella. En los dobleces que ha hecho a su página, en las nuevas formas que adopta, en las maromas nuevas que ha aprendido a hacer, y yo ¿habré cambiado quizá?. ¿Habré cambiado? O solo sigo siendo la empaquetadura de un puñado de sensaciones y sentimientos cautivos. ¿Seré diferente?, o mi intento por zambullirme en la crisálida se ha desvanecido con los vientos de junio, y mis alas en formación se han expuesto al sol quemante y he muerto como la oruga muere al no lograr culminar su metamorfosis.


Qué significado a través de las eras tiene. Tengo. Qué hay detrás del espejo cuando lo miro y pregunto: ¿Habré cambiado Quizá?.

Julio 21 de 2014

sábado, 24 de mayo de 2014

Carta Abierta a la Opinión Pública sobre la Ingeniería

miércoles, 21 de mayo de 2014

Al encuentro de María - Inédito


Y un día cualquiera, aparentemente sin avisar, supo que ya no quedaba nada. Por fin, su constante alegato de olvido y pobreza se había hecho realidad, estaba maniatado en una larga fila de personas semidesnudas que subían a paso trillado la rampa que daba el abordaje al tren de carga que se disponía a salir. El sol le tostaba fuertemente las pestañas y su cara carcomida por la salmuera del sudor y las lágrimas se sumía en la resignada estupefacción. ¿Cuándo llegué aquí? ¿Cómo?. 

El tren que se dirigía a las minas de coltán en el bajo atrato partía a las 10 de la mañana, cargado la mitad con esclavos y la otra mitad con víveres y algunos lujos para los terratenientes que recibirían el embargo que viajaba desde Medellín. Olía a carbón ensangrentado, paleado por las cayosas manos de niños de no más de 13 años que en la caldera se tostaban al ardor del esfuerzo. Probablemente, a los que iban muriendo los metían en la caldera también para alimentar el fuego de la locomotora, por ello ese olor a cuero chamuscado que despedía ese fierro infernal cuando pasaba a orilla de la carretera, que quedaba impregnado en las cortinas de las casuchas abandonadas. Olor a muerte lenta, dolorosa, trágica, olor a huesos inocentes triturados.

Juan recordaba su niñez, con añoranza, tratando de encontrar la ruta que lo llevó a convertirse en uno de los olvidados que subía esa mañana al tren sabiendo que se trataba de un viaje sin regreso. Recordó la sopa de pastas que hacía su mamá, la pelota de letras que le trajo el niño dios cuando tenía 10 años, el Play que le trajo a su vecino, la bicicleta un par de años después. Recordába todo cuanto podía, porque no podía más. A Juan se le había muerto el alma hacía ya un año, desde que fue sometido por los Chachos a trabajar en la mina de El Patrón. Ahora solo le quedaba un cuerpo y recuerdos, lo poco que podían seguir escarbando los verdugos de él.

Subió la rampa azuzado por los planazos que Sebastián o Marulo, como lo llamaban los otros milicianos, le infingía directo en la espalda y la cabeza. Juan entró al container a rastras y se tiró en un rincón, desde el que podía escuchar cómo en el vagón siguiente, el de las mujeres, gritaban torturadas por una parte de la cuadrilla de Marulo, quienes las sometían a las humillaciones sexuales de rigor, a los golpes y la saciedad de la sevicia de los captores.

Los gritos de una muchacha que era arrinconada le recordaron la vez que se enteró que el padrastro de María, abusaba de ella. María, entonces era una pequeña chica, delgada, de cabello castaño y ojos color miel, o por lo menos, eso era lo que veían los demás, porque Juan, era capáz de ver el aro de luces que desprendía María cuando fruncía los labios en esa mueca de sonrisa inocente que lanzaba de vez en cuando, él y solo él notaba la sombra de esa mano gigante que le borraba la sonrisa instantes después. María fue su primer amor. Su primer amor imposible, porque ella estaba en noveno cuando él estaba repitiendo octavo. No comprendía por qué aquella escena desgarradora que turbaba sus oídos de impotencia, por aquella mujer que gritaba del otro lado de la tapia, le recordaba los gritos que escuchó la noche de quiso colarse en casa de María para darle la carta que había roto mil veces y escrito mil una.

Quizá era el olor a muerte lo que le recordaba esa noche, el olor a sangre, los gritos. María murió la semana después de aquella noche, el mismo día que Juan decía a un juez lo que vio cuando entró por la ventana de la cocina en la casa de María. Entonces, cuando se enteró de que María había abandonado el mundo, ató a su vestido rosado su inocencia, su niñez, y la dejó elevarse con María, seguro de que un día se la podría reclamar.

Cerró los ojos. Los gritos se atenuaban. La pobre mujer clamaba - ¡No más, por favor. No más! - hasta que su súplica se disolvía entre el Cha Cha Cha que comenzaba a zumbar más adelante... El tren comenzó a moverse con un bamboleo turbio, oscuro, que olía a materia fecal y a sudor. Acurrucado, Juan, cerró los ojos y se acordó de la canción que su mamá le cantaba a su hermanito para que durmiera. Deseó ver a María, y cerró sus ojos buscando paz.

Al legar a Quimbó, pararon el tren para cargar unos maletines llenos de dólares que recién llegaban por mar producto de la venta de un cargamento en el Norte. Viendo que tenían el cupo casi lleno, decidieron abrir campo para las canecas azules en el vagón de los condenados... Marulo se subió con Pecas a revisar qué podían mover. En el rincón estaban unos costales con plátanos y al lado Juan. Marulo mandó a que pecas bajara los costales con plátano y los regalara en la estación a alguna persona, luego, se dirigió a Juan. 

A Juan lo tiraron a la cañada antes de arrancar. Marulo mandó a pedir otro para reemplazarlo en el pueblo, donde agarraron de las greñas a un muchacho que pasaba en bicicleta por las cercanías.

lunes, 19 de mayo de 2014

Hueso y pellejo

Planteo un pacto de no agresión. Uno donde no atente contra mi propio ser. A veces, la generosidad puede ser dolorosa y enfermiza. Querer compartir y entregarlo todo, un acto suicida en un mundo donde las personas siempre tienen la idea de proteger sus intereses a toda costa. Yo no lo he intentado. Me he doblegado. He surcado kilómetros en medio de la noche, en medio del frío y la neblina, esperando ser recibido. Ser arropado en abrazos, besos y caricias. Eso esperaba yo. Esperaba. Esperar.

La batalla por mi corazón es una guerra sin cuartel, sin bando y sin armamento. Una guerra que me consume los días y las noches dando vueltas en la cama, esperando un poco de complacencia a cambio de una disposición complaciente, atenta y receptiva de esa persona que en mi corazón es parte de ese sueño. Soñar, dicen, no cuesta nada. Vivir, cuesta esfuerzo, y a veces el esfuerzo, puede parecer una fortuna, para algunas personas por lo menos.

No deseo levantar juicios, sin duda alguna, trato de ser lo más diplomático y justo que puedo en mi parcialidad humana, en mi sed de caricias, de desnudez, y con el corazón estremecido de ganas de salir corriendo una vez más detrás de ese sueño, me siento ante mi infierno de palabras a desahogar un sentimiento de soledad tan profundo que sencillamente no puedo dejar pasar desapercibido, que me consume, me roe los huesos, como animal carroñero saciándose de este amor en descomposición que ya exhibe sus huesos, dolorosos, fríos, vacíos.

Me aferro a banalidades, tal vez, pero, banal es este mundo y esta existencia. Somos seres dotados de un sistema nervioso, de una extensión completa de piel, de nervios, de sensaciones, que se conectan con las raíces profundas de nuestro propio ser, del alma, que nos hace sentir que somos, que existimos, que vivimos. En cambio, yo me siento muerto, me siento triste, me siento solo. ¿Por qué no la siento a ella, a pesar de que todo parece marchar bien?, simple, porque eso que actualmente me entrega ya ha existido, y lo aprecio, lo amo, amo su sonrisa, su compañía y sus besos, pero odio profundamente la obstinada mutilación de mi parte carnal, de tener que conformarme con sueños y pornografía, de acariciar mi soledad con el  triste deseo de que alguna vez, yo pueda ser todo eso que soy cuando nadie me ve, cuando nadie tiene idea, cuando solo quedo yo, al fondo, debajo de las capas falaces de mi humanidad.

Cuando no queda más que mi piel, e inmediatamente después de ella. Mi alma.