sábado, 25 de enero de 2014

La puerta de la locura



De alguna manera, se me ha convertido en habitual este juego. Este asunto de hacer malabares en las noches con los pensamientos. Arrojarlos al aire e intentar escoger la combinación correcta, la maniobra precisa, la específica pirueta que satisfaga la insaciable hambre de cordura de mi alter ego. Somos habitantes de las sombras, y en las sombras encontramos esa turbulenta quietud del pensamiento.

La historia ha delineado por siglos una serie de comportamientos y precisas normas de conducta que rigen los espectros mutilados que llamamos humanos. Al punto que la misma ciencia se ha puesto de su lado, curiosamente, enseñándonos lo que es y lo que no es natural. La noche se hizo para el reposo y el sueño, el día para la actividad.

Pues bien, la ciencia ha olvidado algo con especial y pecaminosa omisión. Desde los más lejanos inicios de nuestro génesis, los seres humanos hemos tenido la atracción más obstinada hacia lo que se esconde, velado, tras las sombras de la noche y la prohibición. Todo lo que se encuentre sujeto al abrigo de la no-sapiencia es un fruto prohibido pendiente de la más hermosa rama en el jardín de las delicias. Es inevitable, si no lo podemos comprender, conocer, digerir con libertad, ese algo es simplemente atrayente.

No puedo evitar justo ahora, sintiendo la tos forzada y reclamante de mi padre, en la otra habitación, pensar en que toda esta patraña de que la noche es noche porque de descanso está hecha, no es más que un juego absurdo del sistema, del mundo que nos rodea erigido como un holograma vulgar sobre la realidad intachable y absoluta de la naturaleza. El día es el horario productivo, en donde todo está visto y dado, es propicio para la producción, para ser activos seres acorde al hábitat social, el día es propicio para trabajar, para estudiar, para desconectar la parte más primitiva de nuestro cerebro, la curiosidad, y ser simplemente seres controlables, manejables y dóciles, como ovejas bien calmas, pastando a la vista del pastor. El día es el elemento de control supremo del sistema, porque en el día todo es visible, y la línea que separa el bien del mal es tajante y contundente.

En la noche las cosas cambian. El caos y el misterio habita en el más minúsculo rincón de tu cuarto, de tu casa, de tu barrio. En la noche el pastor no puede vigilar las ovejas, porque la oscuridad se lo impide, porque tendría que ser más de lo que es para poder vigilarlas. Requeriría, por poco, de alguna ayuda externa como la luz de una linterna o un sembrado de lámparas de mercurio que apoyaran su labor. Físicamente nos hemos hecho animales diurnos y es en el día donde nos hemos aprendido a desenvolver. Es en el día donde nos podemos comportar de acuerdo a lo que el grupo esgrima y donde somos, muchas veces, apacibles y elocuentes.

Pero ¡Ay de aquel que en las noches encuentra su sombra sobre su propio cuerpo!. Aquellos que habitamos en la noche, y probablemente, toda persona que alguna vez haya sufrido de ese trastorno médico que llaman insomnio, puede dar fe de lo particular que es esta condición. El insomnio en sí no es nada, no es más que la acción de no dormir en el horario adecuado, de salirse del esquema cronológico social y “fisiológico” (como si la lógica del cuerpo y la naturaleza fuera tan estricta como una ecuación matemática). No es más que una causa que desata toda una serie de efectos. Es lo que viene con el insomnio lo que el pobre soldadito de plomo, el pobre hombre, la pobre mujer, no puede soportar y le lleva al borde de la demencia. El insomnio ofrece una puerta a un mundo completamente diferente y desconocido para muchos de nosotros. La quietud de la noche y el silencio son el escenario propicio para que el cerebro comience a funcionar con una potencia increíblemente mayor. Escaso de distracciones, el cerebro puede comenzar a funcionar de manera inversa, y en vez de recolectar todos los mensajes y señales que recibe del cuerpo, inicia un viaje desde sí mismo hasta el interior. El Insomnio es, como lo era para Harry Haller, el portal hacia un escenario completamente diferente, donde solo tiene acceso aquel ser que sea suficientemente trasgresor de su “realidad” (o loco, como lo decía la obra de Hesse) la noche y su abrigo, son escenarios donde se flota entre quietud y sombras, donde se pueden desarrollar las travesías internas más reveladoras. Y es precisamente a eso a lo que el ser humano teme. A sí mismo, a su interior.

Cuantos no han sufrido en el silencio de la noche, el ataque de recuerdos de decisiones pasadas, las bofetadas por haber escogido la profesión que no querían, por haber dejado escapar a alguna persona de sus vidas, por no haber dicho un te quiero a alguien a quien ya no pueden decírselo, y eso, solo son retorcijones de lo más elemental que puede suceder en las puertas de la noche para un “cristiano” cualquiera. La noche es reveladora, pues los fantasmas de las decisiones equivocadas son azuzados y la verdadera materia que compone al ser se va revelando poco a poco, como si algún tipo de licantropía hiciera despertar al lobo interior, él ríe y uno se sume en el miedo.

Incluso en los pensamientos más superfluos, se esconden claves de las marañas que componen nuestro interior, nuestro ser, y pasarlas por alto es un acto de completa cobardía, por no decir, que un acto de ignorancia digno de ser condenado. En la noche nos conocemos, nos descubrimos y nos leemos. En la noche podemos ser nosotros, en silencio, sin interrupciones, podemos tener acceso a nuestra verdadera realidad, que, desafortunadamente para muchos de nosotros, solo llega como un recordatorio de que muy seguramente no estamos haciendo en el día, en el campo de batalla, lo que realmente somos.

¿Para qué esforzarse en dormir, y callar las voces de nuestro interior deseo? Religiosamente hablando (de cristianismo) la noche es el momento en que los demonios se liberan y las almas condenadas salen a hacer de las suyas en el mundo. Según, la noche no es más que foco y fuente de los peores desdeños y las más temibles intenciones. Salir de noche, quedarse despierto en la noche, todo ello, que no sea dormir en la paz del señor con el ángel de la guarda parado en la baranda de la cama, es un cáncer que debe ser erradicado. Curioso, porque en la noche es cuando nuestros instintos se agudizan y nuestros sentidos se vuelven más alertas. Cuando muchas veces comprendemos nuestra posición de marionetas y detestamos muchas cosas que en el día ejecutamos con ahínco. Ese afán generalizado de condenar la noche es una patraña bien elaborada para evitar que la oscuridad nos provea de la luz verdadera. Siempre nos han dicho que no podemos brillar con luz propia, y por ello el día nos espera a diario con su falseada luminosidad.

La noche nos está prohibida, porque muy seguramente, si en ella habitamos, hallaremos la verdadera luz personal e interior, y ese es un riesgo que nadie quiere que tomemos. Ese es un riesgo por el que nadie está dispuesto a pagar.


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