lunes, 19 de mayo de 2014

Hueso y pellejo

Planteo un pacto de no agresión. Uno donde no atente contra mi propio ser. A veces, la generosidad puede ser dolorosa y enfermiza. Querer compartir y entregarlo todo, un acto suicida en un mundo donde las personas siempre tienen la idea de proteger sus intereses a toda costa. Yo no lo he intentado. Me he doblegado. He surcado kilómetros en medio de la noche, en medio del frío y la neblina, esperando ser recibido. Ser arropado en abrazos, besos y caricias. Eso esperaba yo. Esperaba. Esperar.

La batalla por mi corazón es una guerra sin cuartel, sin bando y sin armamento. Una guerra que me consume los días y las noches dando vueltas en la cama, esperando un poco de complacencia a cambio de una disposición complaciente, atenta y receptiva de esa persona que en mi corazón es parte de ese sueño. Soñar, dicen, no cuesta nada. Vivir, cuesta esfuerzo, y a veces el esfuerzo, puede parecer una fortuna, para algunas personas por lo menos.

No deseo levantar juicios, sin duda alguna, trato de ser lo más diplomático y justo que puedo en mi parcialidad humana, en mi sed de caricias, de desnudez, y con el corazón estremecido de ganas de salir corriendo una vez más detrás de ese sueño, me siento ante mi infierno de palabras a desahogar un sentimiento de soledad tan profundo que sencillamente no puedo dejar pasar desapercibido, que me consume, me roe los huesos, como animal carroñero saciándose de este amor en descomposición que ya exhibe sus huesos, dolorosos, fríos, vacíos.

Me aferro a banalidades, tal vez, pero, banal es este mundo y esta existencia. Somos seres dotados de un sistema nervioso, de una extensión completa de piel, de nervios, de sensaciones, que se conectan con las raíces profundas de nuestro propio ser, del alma, que nos hace sentir que somos, que existimos, que vivimos. En cambio, yo me siento muerto, me siento triste, me siento solo. ¿Por qué no la siento a ella, a pesar de que todo parece marchar bien?, simple, porque eso que actualmente me entrega ya ha existido, y lo aprecio, lo amo, amo su sonrisa, su compañía y sus besos, pero odio profundamente la obstinada mutilación de mi parte carnal, de tener que conformarme con sueños y pornografía, de acariciar mi soledad con el  triste deseo de que alguna vez, yo pueda ser todo eso que soy cuando nadie me ve, cuando nadie tiene idea, cuando solo quedo yo, al fondo, debajo de las capas falaces de mi humanidad.

Cuando no queda más que mi piel, e inmediatamente después de ella. Mi alma.


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