miércoles, 21 de mayo de 2014

Al encuentro de María - Inédito


Y un día cualquiera, aparentemente sin avisar, supo que ya no quedaba nada. Por fin, su constante alegato de olvido y pobreza se había hecho realidad, estaba maniatado en una larga fila de personas semidesnudas que subían a paso trillado la rampa que daba el abordaje al tren de carga que se disponía a salir. El sol le tostaba fuertemente las pestañas y su cara carcomida por la salmuera del sudor y las lágrimas se sumía en la resignada estupefacción. ¿Cuándo llegué aquí? ¿Cómo?. 

El tren que se dirigía a las minas de coltán en el bajo atrato partía a las 10 de la mañana, cargado la mitad con esclavos y la otra mitad con víveres y algunos lujos para los terratenientes que recibirían el embargo que viajaba desde Medellín. Olía a carbón ensangrentado, paleado por las cayosas manos de niños de no más de 13 años que en la caldera se tostaban al ardor del esfuerzo. Probablemente, a los que iban muriendo los metían en la caldera también para alimentar el fuego de la locomotora, por ello ese olor a cuero chamuscado que despedía ese fierro infernal cuando pasaba a orilla de la carretera, que quedaba impregnado en las cortinas de las casuchas abandonadas. Olor a muerte lenta, dolorosa, trágica, olor a huesos inocentes triturados.

Juan recordaba su niñez, con añoranza, tratando de encontrar la ruta que lo llevó a convertirse en uno de los olvidados que subía esa mañana al tren sabiendo que se trataba de un viaje sin regreso. Recordó la sopa de pastas que hacía su mamá, la pelota de letras que le trajo el niño dios cuando tenía 10 años, el Play que le trajo a su vecino, la bicicleta un par de años después. Recordába todo cuanto podía, porque no podía más. A Juan se le había muerto el alma hacía ya un año, desde que fue sometido por los Chachos a trabajar en la mina de El Patrón. Ahora solo le quedaba un cuerpo y recuerdos, lo poco que podían seguir escarbando los verdugos de él.

Subió la rampa azuzado por los planazos que Sebastián o Marulo, como lo llamaban los otros milicianos, le infingía directo en la espalda y la cabeza. Juan entró al container a rastras y se tiró en un rincón, desde el que podía escuchar cómo en el vagón siguiente, el de las mujeres, gritaban torturadas por una parte de la cuadrilla de Marulo, quienes las sometían a las humillaciones sexuales de rigor, a los golpes y la saciedad de la sevicia de los captores.

Los gritos de una muchacha que era arrinconada le recordaron la vez que se enteró que el padrastro de María, abusaba de ella. María, entonces era una pequeña chica, delgada, de cabello castaño y ojos color miel, o por lo menos, eso era lo que veían los demás, porque Juan, era capáz de ver el aro de luces que desprendía María cuando fruncía los labios en esa mueca de sonrisa inocente que lanzaba de vez en cuando, él y solo él notaba la sombra de esa mano gigante que le borraba la sonrisa instantes después. María fue su primer amor. Su primer amor imposible, porque ella estaba en noveno cuando él estaba repitiendo octavo. No comprendía por qué aquella escena desgarradora que turbaba sus oídos de impotencia, por aquella mujer que gritaba del otro lado de la tapia, le recordaba los gritos que escuchó la noche de quiso colarse en casa de María para darle la carta que había roto mil veces y escrito mil una.

Quizá era el olor a muerte lo que le recordaba esa noche, el olor a sangre, los gritos. María murió la semana después de aquella noche, el mismo día que Juan decía a un juez lo que vio cuando entró por la ventana de la cocina en la casa de María. Entonces, cuando se enteró de que María había abandonado el mundo, ató a su vestido rosado su inocencia, su niñez, y la dejó elevarse con María, seguro de que un día se la podría reclamar.

Cerró los ojos. Los gritos se atenuaban. La pobre mujer clamaba - ¡No más, por favor. No más! - hasta que su súplica se disolvía entre el Cha Cha Cha que comenzaba a zumbar más adelante... El tren comenzó a moverse con un bamboleo turbio, oscuro, que olía a materia fecal y a sudor. Acurrucado, Juan, cerró los ojos y se acordó de la canción que su mamá le cantaba a su hermanito para que durmiera. Deseó ver a María, y cerró sus ojos buscando paz.

Al legar a Quimbó, pararon el tren para cargar unos maletines llenos de dólares que recién llegaban por mar producto de la venta de un cargamento en el Norte. Viendo que tenían el cupo casi lleno, decidieron abrir campo para las canecas azules en el vagón de los condenados... Marulo se subió con Pecas a revisar qué podían mover. En el rincón estaban unos costales con plátanos y al lado Juan. Marulo mandó a que pecas bajara los costales con plátano y los regalara en la estación a alguna persona, luego, se dirigió a Juan. 

A Juan lo tiraron a la cañada antes de arrancar. Marulo mandó a pedir otro para reemplazarlo en el pueblo, donde agarraron de las greñas a un muchacho que pasaba en bicicleta por las cercanías.

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