miércoles, 20 de noviembre de 2013

Emparamado


Solo estábamos la lluvia y yo. Era poco más de las once de la noche, el repiqueteo incesante y glorioso de una lluvia rodaba por el tejado nuevo de la casa. En mi cuarto solo se escuchaba la soledad y una canción de rock, clap clap clap, las teclas entonando la sinfonía inconclusa de los amores veraniegos, de las historietas turras, de los susurros indelebles en un alma muerta de frio, de sed, de lujuria. No era cualquier noche, era la gran noche.Era mía.

El cuerpo se levantó de la silla con inconclusa precipitación, desembocó el guardarropas y buscó algo más adecuado para mojarse. En pijama salí a la avenida principal, donde una jauría de hambrientos perros callejeros se emborrachaba con el éter de unas nubes gruesas y marginadas, con tabacos en sus bocas espumosas, me miraban con los ojos rojos de la desidia, del dolor, del abandono. Sobre la avenida estaba el cuadrito, donde en la niñez tantas veces preferí montar en bicicleta esquivando los balonazos de mis “amiguitos” esos, que me insultaban porque no quería jugar al futbol, esos, que me opacaban, que odiaban mi luz. Atravesé el zaguán detrás de mí sombra que se confundía con la oscuridad. Unos pasos detrás de ella estaba yo, adelante, los perros, arriba, la lluvia.

¿Ha sentido usted, en lo profundo de su corazón esa necesidad incontenible de huir de la realidad?, ¿ha sentido deseos de lavarse las penas, de desnudar el alma y la tristeza? Así, exactamente, caminé atravesando el mundo material, absurdo, caricaturesco y putrefacto de la realidad, subí a la terraza de la casa, y caminé bajo la lluvia, como un fantasma, como un alma errante, que vaga en los confines de un universo almidonado, en las sendas más escabrosas, en los riscos más majestuosos. Así me deslicé entre las gotas de lluvia, y con mi cuerpo, detuve los designios de Seth.

Era yo también un “imperdonado”, danzando en círculos infinitos, sintiendo el frio magnífico de la humanidad escurriéndose por mi camiseta, por mis manos, por mis piernas, por mis sueños, por mis temores. El agua rodaba y agolpaba charcos llenos de dudas en el suelo. Chapoteé, brinqué y canté, incansable, incesante, ante la mirada atónita de los perros flacuchentos que comían basura abajo, en la sucia avenida bañada por la luz anaranjada del mercurio incandescente. Esa noche Gaia me bendijo con miles de gotas de su alma, me vistió de temblores, condecoró mi cabeza con gotas traslúcidas, me abrazó como un hijo amado, esa noche fui naturaleza y la naturaleza se hizo yo.

Noviembre 18 de 2013

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