jueves, 27 de febrero de 2014

Adormecido por la tristeza

En plena madrugada me suspendo en un limo viscoso, en una esencia grotesca, en la ordinariedad del silencio y la majestuosidad de la noche, solo soy una sustancia derramada por el suelo, por los dedos flacos y moribundos. El alma en llamas, la vida en tierra. Así se me van las horas divagando en boca de los fantasmas, consumiéndome lenta y dolorosamente en los escupitajos de un ser firme y palpitante. Meto la cabeza en la arena, cual avestruz asustada, soy yo mirándome, soy yo reclamándome, convirtiéndome en la condena apropiada para mis pecados, en mi espacio y mi tiempo, en mi consciencia adormilada.

La guitarra y el cubano me gritan al oído, desnudez y regalos, despojar de monumentos y telas los recuerdos de una vida suspendida, como en el transeúnte ante la carretera, que pasa a toda prisa con sus autos cubiertos de pecueca y vómito, de estrellas marchitas como la voz del sexo, como la mierda que llueve después de la desgracia. A dar el paso y retroceder, a brincar sin saltar, a un juego silencioso, susurrante pero contundente, un poema muerto, pasado de moda.

Soy consciente de la oportunidad, de los malabares, de los miedos, del centro de la galaxia destellando luz ante unos ojos ciegos. Soy consciente de que la vida la tengo sobre las manos, derramándose, goteando, mientras los minutos fatales me arrancan de la piel la tersedad de los días mozos, mientras los huesos se me vuelven hiel.

Vida, ¿y qué más?

Febrero 28

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