lunes, 22 de abril de 2013

Concierto en Sol para un Difunto


La criatura se posó en la baranda de la cama. Había llegado la hora y el joven debía partir en la barca, adormecida por la corriente sombría del Arqueronte, mientras empacaba sus recuerdos y sueños con lentitud en su corazón. Miraba por última vez la luz de un mundo al que no volvería jamás. 

La criatura estaba allí, tañiendo las cuerdas de un violín sucio y resquebrajado, pero magnífico, maravilloso e inusualmente dulce. Tocaba, mientras miraba atento con sus negros ojos, cual abismo donde nunca llega la luz del sol, a los ojos blanquecinos del joven, que iba cesando la respiración y holgando las ropas como queriendose liberar. La criatura solo quería darle la despedida a aquel joven, una despedida amarga y desgarradora, haciendo vibrar las cuerdas de su violín, haciendo vibrar las fibras del cuerpo muerto, sacudiendo los restos de alma, los pedazos de pesadillas e ilusiones, viendo como se agolpaban intempestivamente sobre el suelo, sobre la madera, sobre la vasenilla de plata repleta de orina bajo el cobertor. Cada brazada, cada nota, extruía el alma del joven y la depositaba en el suelo de la habitación. 

El demonio tocó toda la noche, mientras la tormenta despistaba los oidos de los dolientes de aquel pobre muchacho. Y con el primer rayo de sol, el alma líquida se evaporó del suelo. La criatura hizo una venia a los asistentes, la sinfonía había terminado y el fuego eterno ya ahogaba insufrible la mirada de aquel cadaver.

El demonio empacó el violín y despareció.



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